Verona, 07 de Julio
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l cielo escupía relámpagos de cuando en cuando, iluminando los árboles del patio trasero, que, como espectros en la noche, se movían vagamente en el sentido que les confería el viento. Un trueno, que retumbaba al fondo de la cortina gris que se echaba sobre la ciudad de Verona, me sacó de mi duermevela. Ajustándome al saco, no dispuesto a pasar esos últimos momentos de descanso en una posición incómoda, comprobé que la puerta que daba al balcón, -probablemente por culpa del pendoneo de alguno de nuestros compañeros de albergue, que durmió menos de la cuenta tratando de beneficiarse, con ojos vidriosos, a alguna víctima de la ginebra-, estaba abierta, dejando pasar el viento húmedo que empañaba la estampa de la ciudad. Una breve tormenta de verano, decía el letrado.
La habitación comenzó, sumida en un silencio que sólo quebrantaban algunos tímidos susurros, a despertar. Se comenzaba a preparar el nuevo día. Los pasos se dirigían al baño, las manos, a tientas, hurgaban en los bolsillos de las mochilas, y yo, despierto en mi saco, paladeaba el silencio que me permitía imaginar los canales de Venecia, las góndolas, los puentes y los palacios, aprovechando los últimos momentos que mediaban antes de, efectivamente, conocerla de primera mano.
Una estridente alarma rajó el denso silencio que flotaba en la habitación, con la melodía de la película Misión: Imposible como tono, sin duda, perteneciente a algún aficionado al espionaje y al cine de acción, que dio al traste con el viaje en góndola con que la imaginación me premiaba. Tras dos -o diez- minutos escuchando la alarma, repasando las diferentes maneras de asesinar a nuestro amigo el espía, la habitación se puso oficialmente en marcha.
El día anterior leíamos en el libro de visitas las críticas vertidas sobre el desayuno del hostal, con lo que entramos en el comedor entre curiosos y atemorizados. Tras servirnos unas tostadas, un café, y algo más que echarse al coleto, nuestros famélicos estómagos se negaron a valorar la calidad del susodicho desayuno, y engullimos tan indiferentes que nos pareció hasta bueno. Peores cosas nos hemos llevado a la boca, así que nos propusimos rebatirle la crítica a todo aquel que escribió en su momento en el libro de visitas algo al respecto. Lo cierto era que abandonábamos un hostal realmente cómodo y acogedor, y que, además, disponía de un servicio de agua mineral rellenable, cosa que en España, que despectivamente llamamos fuente, no valoramos en su justa medida.
Al salir del comedor, mientras agarrábamos los macutos dispuestos a hacer frente a la breve tormenta de camino a la estación, un cuchillo se derramó hacia una de nuestras mochilas, alistándose, como marine atraído por el Tío Sam, al grupo del interraíl, dispuesto a ver toda Italia. Gustosamente lo aceptamos como 5º miembro, a cambio de unos leves servicios con el pan, la mortadela y la Nutella. O sea, simbiosis.
Excepto en Nacho, que ya era perro viejo en esto de marchar, hacer macutos, y sufrir sin cobijo las inclemencias del tiempo, la idea de batirnos con la lluvia ataviados con pantalón largo y sudadera se presentó como imprescindible. Craso error, pues con ropajes mojados poco te abrigas después, una vez guarecido bajo una pérgola o porche, y además va enfriando y mojando, sin tregua, al caminar. Ahora ya lo hemos aprendido, que es lo que importa.
Juan jugaba con los charcos, saltando, pisando y salpicando, mientras por la carretera fluía poco menos que un torrente mal drenado. Al volver la vista, nos costó reconocer a Bea, que se había disfrazado de duende con un chubasquero verde de capucha terminada en punta. Una vez recuperados del susto -no todos los días te persiguen los duendes con tanto sigilo-, reanudamos el camino hacia la parada del autobús, situada a escasos metros de la plaza del papa benévolo, que nos dejaría en la estación de trenes. De pronto, un camión atravesó la bruma que se cerraba a nuestras espaldas, y pasó a nuestro lado, inexorable. A su paso, se alzó del suelo una ola indonesa, titánica, hacia nosotros. Después, agua y oscuridad.
Calados, arrastrando la ropa que, como una esponja, había absorbido hasta la última gota de aquel infausto tsunami, llegamos a la parada. Y no andando ya, sino bogando por las calles, como los galeotes en una de las galeras que surcaban los mares del Levante Español del siglo XVII, a la caza del Turco. Mario, cansado de sufrir la tortuosa lluvia, se refugió bajo un soportal, en la acera de enfrente. Allí, hizo un amigo. No era aquélla, que se diga, una conversación fluida, pues el chico estaba, sentado con los brazos en torno a las piernas, en el suelo, tanteando en qué idioma podría profundizar con nuestro valioso compañero, que, ausente, contemplaba como el horizonte relucía gris, tras el traslúcido vapor que se desprendía de la ciudad de Verona.
Lo del transporte público en Italia daría para un libro aparte, pero se podría resumir en que compensan la habilidad de los conductores de autobús, que brilla por su ausencia, con unos precios realmente asequibles. Igual no en la teoría, pero sí en la práctica. El hecho es que, viendo con qué felicidad entraba la gente con las manos en los bolsillos y mirando al tendido, hicimos lo mismo, no sin sentir un ligero cargo de conciencia, que se disipó cuando comenzamos a cruzar miradas con unas españolas que, el día anterior y esa misma mañana, habían estado charlando con nosotros. Ya se sabe, cuando fuera de su país uno se encuentra con algún compatriota, siempre afloran las amistades con mayor facilidad, y se encuentran más puntos en común de lo imaginado. Porque seamos sinceros, en España hablamos demasiado de nuestras diferencias, y, lo que es peor, tratamos de potenciarlas. ¿O es que no tienen nada en común un catalán con un riojano, un vasco con un murciano, o un andaluz con un gallego? Nada. A regar nuestras diferencias, que es la moda del último siglo. El caso es que el pequeño acercamiento a las españolas se produjo ahí, en el barato viaje hacia la estación de trenes.
Una vez en el andén descubrimos que lo de los retrasos no es una cosa de Iberia, ni siquiera de España, sino que es algo internacional. Un acuerdo global. El asunto es que el tren vendría 40 minutos -o vaya usted a saber- más tarde, así que dedicamos ese tiempo ganado a mudar de ropa. Sin pudor alguno, colgamos nuestra ropa en una barandilla que hacía sus veces de percha, empapando el suelo del andén con el agua que nuestras sudaderas y pantalones habían absorbido de la gran ola. Y así, protagonizamos un streaptese con el que dejamos a algunos de los que, pacientemente, esperaban en el andén, con ganas de más. Tal vez a la próxima.
En ese momento caímos en la cuenta del nuevo gol que nos había colado Escocia, por toda la escuadra, durante la caminata bajo la lluvia, poniéndose por delante con una ventaja complicada de levantar. La vida del escocés es sufrida, con la zapa y la contrazapa, todo el día minando en terrenos ajenos buscando la satisfacción con el más mínimo enrojecimiento. Pero en esos momentos, disfrutaba de su recompensa tras, al menos, dos días de intensa lucha y sacrificio.
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