Verona, 07 de Julio
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l cielo escupía relámpagos de cuando en cuando, iluminando los árboles del patio trasero, que, como espectros en la noche, se movían vagamente en el sentido que les confería el viento. Un trueno, que retumbaba al fondo de la cortina gris que se echaba sobre la ciudad de Verona, me sacó de mi duermevela. Ajustándome al saco, no dispuesto a pasar esos últimos momentos de descanso en una posición incómoda, comprobé que la puerta que daba al balcón, -probablemente por culpa del pendoneo de alguno de nuestros compañeros de albergue, que durmió menos de la cuenta tratando de beneficiarse, con ojos vidriosos, a alguna víctima de la ginebra-, estaba abierta, dejando pasar el viento húmedo que empañaba la estampa de la ciudad. Una breve tormenta de verano, decía el letrado.
La habitación comenzó, sumida en un silencio que sólo quebrantaban algunos tímidos susurros, a despertar. Se comenzaba a preparar el nuevo día. Los pasos se dirigían al baño, las manos, a tientas, hurgaban en los bolsillos de las mochilas, y yo, despierto en mi saco, paladeaba el silencio que me permitía imaginar los canales de Venecia, las góndolas, los puentes y los palacios, aprovechando los últimos momentos que mediaban antes de, efectivamente, conocerla de primera mano.
Una estridente alarma rajó el denso silencio que flotaba en la habitación, con la melodía de la película Misión: Imposible como tono, sin duda, perteneciente a algún aficionado al espionaje y al cine de acción, que dio al traste con el viaje en góndola con que la imaginación me premiaba. Tras dos -o diez- minutos escuchando la alarma, repasando las diferentes maneras de asesinar a nuestro amigo el espía, la habitación se puso oficialmente en marcha.
El día anterior leíamos en el libro de visitas las críticas vertidas sobre el desayuno del hostal, con lo que entramos en el comedor entre curiosos y atemorizados. Tras servirnos unas tostadas, un café, y algo más que echarse al coleto, nuestros famélicos estómagos se negaron a valorar la calidad del susodicho desayuno, y engullimos tan indiferentes que nos pareció hasta bueno. Peores cosas nos hemos llevado a la boca, así que nos propusimos rebatirle la crítica a todo aquel que escribió en su momento en el libro de visitas algo al respecto. Lo cierto era que abandonábamos un hostal realmente cómodo y acogedor, y que, además, disponía de un servicio de agua mineral rellenable, cosa que en España, que despectivamente llamamos fuente, no valoramos en su justa medida.
Al salir del comedor, mientras agarrábamos los macutos dispuestos a hacer frente a la breve tormenta de camino a la estación, un cuchillo se derramó hacia una de nuestras mochilas, alistándose, como marine atraído por el Tío Sam, al grupo del interraíl, dispuesto a ver toda Italia. Gustosamente lo aceptamos como 5º miembro, a cambio de unos leves servicios con el pan, la mortadela y la Nutella. O sea, simbiosis.
Excepto en Nacho, que ya era perro viejo en esto de marchar, hacer macutos, y sufrir sin cobijo las inclemencias del tiempo, la idea de batirnos con la lluvia ataviados con pantalón largo y sudadera se presentó como imprescindible. Craso error, pues con ropajes mojados poco te abrigas después, una vez guarecido bajo una pérgola o porche, y además va enfriando y mojando, sin tregua, al caminar. Ahora ya lo hemos aprendido, que es lo que importa.
Juan jugaba con los charcos, saltando, pisando y salpicando, mientras por la carretera fluía poco menos que un torrente mal drenado. Al volver la vista, nos costó reconocer a Bea, que se había disfrazado de duende con un chubasquero verde de capucha terminada en punta. Una vez recuperados del susto -no todos los días te persiguen los duendes con tanto sigilo-, reanudamos el camino hacia la parada del autobús, situada a escasos metros de la plaza del papa benévolo, que nos dejaría en la estación de trenes. De pronto, un camión atravesó la bruma que se cerraba a nuestras espaldas, y pasó a nuestro lado, inexorable. A su paso, se alzó del suelo una ola indonesa, titánica, hacia nosotros. Después, agua y oscuridad.
Calados, arrastrando la ropa que, como una esponja, había absorbido hasta la última gota de aquel infausto tsunami, llegamos a la parada. Y no andando ya, sino bogando por las calles, como los galeotes en una de las galeras que surcaban los mares del Levante Español del siglo XVII, a la caza del Turco. Mario, cansado de sufrir la tortuosa lluvia, se refugió bajo un soportal, en la acera de enfrente. Allí, hizo un amigo. No era aquélla, que se diga, una conversación fluida, pues el chico estaba, sentado con los brazos en torno a las piernas, en el suelo, tanteando en qué idioma podría profundizar con nuestro valioso compañero, que, ausente, contemplaba como el horizonte relucía gris, tras el traslúcido vapor que se desprendía de la ciudad de Verona.
Lo del transporte público en Italia daría para un libro aparte, pero se podría resumir en que compensan la habilidad de los conductores de autobús, que brilla por su ausencia, con unos precios realmente asequibles. Igual no en la teoría, pero sí en la práctica. El hecho es que, viendo con qué felicidad entraba la gente con las manos en los bolsillos y mirando al tendido, hicimos lo mismo, no sin sentir un ligero cargo de conciencia, que se disipó cuando comenzamos a cruzar miradas con unas españolas que, el día anterior y esa misma mañana, habían estado charlando con nosotros. Ya se sabe, cuando fuera de su país uno se encuentra con algún compatriota, siempre afloran las amistades con mayor facilidad, y se encuentran más puntos en común de lo imaginado. Porque seamos sinceros, en España hablamos demasiado de nuestras diferencias, y, lo que es peor, tratamos de potenciarlas. ¿O es que no tienen nada en común un catalán con un riojano, un vasco con un murciano, o un andaluz con un gallego? Nada. A regar nuestras diferencias, que es la moda del último siglo. El caso es que el pequeño acercamiento a las españolas se produjo ahí, en el barato viaje hacia la estación de trenes.
Una vez en el andén descubrimos que lo de los retrasos no es una cosa de Iberia, ni siquiera de España, sino que es algo internacional. Un acuerdo global. El asunto es que el tren vendría 40 minutos -o vaya usted a saber- más tarde, así que dedicamos ese tiempo ganado a mudar de ropa. Sin pudor alguno, colgamos nuestra ropa en una barandilla que hacía sus veces de percha, empapando el suelo del andén con el agua que nuestras sudaderas y pantalones habían absorbido de la gran ola. Y así, protagonizamos un streaptese con el que dejamos a algunos de los que, pacientemente, esperaban en el andén, con ganas de más. Tal vez a la próxima.
En ese momento caímos en la cuenta del nuevo gol que nos había colado Escocia, por toda la escuadra, durante la caminata bajo la lluvia, poniéndose por delante con una ventaja complicada de levantar. La vida del escocés es sufrida, con la zapa y la contrazapa, todo el día minando en terrenos ajenos buscando la satisfacción con el más mínimo enrojecimiento. Pero en esos momentos, disfrutaba de su recompensa tras, al menos, dos días de intensa lucha y sacrificio.
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Milán, 06 de Julio
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l día amaneció radiante, y nosotros llenos de energía. La ausencia de Juan a su vera supuso para Mario un duro despertar, que, al son de «¿Dónde está Gor?», nos amenizó mientras esperábamos nuestro turno para refrescarnos en la ducha. Lo cierto es que nos tomamos aquella ducha como la última del interraíl. Por si acaso.
Nos dirigimos hacia la Estazione Centrale, y en aquel primer paseo comenzamos ya a fundar nuestra propia filosofía, que iríamos fortaleciendo durante todo el viaje: Los Nazarenos. Consiste, básicamente, en combatir fieramente con la tentación que el día a día nos obsequia, principalmente en lo que a caprichos gastronómicos respecta. Con un doble motivo. Porque padeciendo dicha privación se disfrutaba infinitamente más del único capricho que, diariamente, nos permitíamos -normalmente en forma de refrigerio fermentado- ; y porque, hechos los cálculos, concluimos que no llegábamos a fin de interraíl en lo que a la viruta se refiere. Esto nos obligó a comer de un modo ligeramente precario, cosa que, más adelante, comenzará a brotar con mayor asiduidad entre nuestras reivindicaciones.
El caso es que desayunamos a lo Nazareno, camino a la estación para poner en práctica nuestro plan de viaje, que consistía en visitar las ciudades seleccionadas en sentido antihorario. Y el primer destino era Como. El camino era mucho más largo de lo que nos pareció el día anterior, y, sobre todo, . Por ello, hubimos de comprarnos nuestra primera botella de agua, que, sin llegar al nivel de la cerveza de la noche pasada, nos devolvió las energías para seguir sorteando las obras que la Garra de Gallardón -que nunca se sabe a dónde puede llegar- había colocado para evitar que llegáramos a la estación.
Una vez allí, Bea encontró, después de un rato tratando de ubicarse, un folleto con los trenes y los destinos. Tras un primer vistazo a la encriptada guía, la Junta de Decisiones del Interraíl -Juan, Mario, Bea y Nacho- otorgamos la primera responsabilidad. Mario era el seleccionado para descifrar los entresijos de la complicada guía, y, día a día, el encargado de hallar combinaciones de trenes que nos llevasen a los destinos deseados. Y, he de decir, creo que acertamos eligiendo a Mario como responsable, pues nos condujo de tren en tren sin dificultad y con la precisión de un relojero.
Nos asomamos a la ventanilla de Atención al Cliente para informarnos acerca de las salidas a Como, y el simpático señor que se parapetaba tras el mostrador nos informó de que para tomar el tren a Como había que pagar un suplemento de 5€. Decidimos no coger ese tren tras la broma monetaria, a la que no estábamos dispuestos, y nos enfrascamos en la modificación de todo el plan de viajes, cuyo resultado fue el de hacer ahora el recorrido en sentido de las agujas del reloj. Y como no queríamos perdernos la bella localidad de Como, pospusimos ese asunto para más tarde. El próximo destino sería Verona.
Subimos a nuestro primer tren. Estaba distribuido por compartimentos cerrados de seis asientos cada uno. Como es normal, subimos al primero que vimos, que estaba vacío. Nos extrañó el hecho de que fuera razonablemente cómodo, pero no le dimos importancia durante mucho tiempo, pues estábamos inquietos con la novedad del primer tren. Hablábamos amistosamente, recordando lo que había sido el viaje hasta ahora, mientras el tren comenzaba a ponerse en marcha.
Irrumpió el revisor en el compartimento. Tenía cara de ser un hombre afable, cordial y ligeramente tímido. Balbució algunas palabras en su italiano natal, y nosotros, que no somos muy duchos en ese idioma, supusimos que exigía nuestros billetes. Se los entregamos, y, con una sonrisa en la cara, nos los validó, y volvió a decir algo de lo que entendimos algo así como: «…Prima clase…». -Sí, sí, ahora mismo-, contestamos nosotros, intuyendo, lo que pretendía decirnos. Nos habíamos instalado en primera clase, pero no estábamos dispuestos a abandonar la comodidad por tan módico precio, así que hicimos ademán de recoger e irnos, pero en cuanto desapareció, volvimos a dejar los bultos en su sitio, y nos recostamos en nuestros asientos de nuevo. Al segundo intento, el revisor nos lo pidió «por favor», casi de rodillas y entre sollozos, y como el pobre hombre lo estaba pasando verdaderamente mal, decidimos darle una alegría y trasladarnos uno o dos compartimentos adelante. Y así, sin más novedad que los chascarrillos a costa del desafortunado revisor, nos plantamos en Verona, la ciudad de Romeo y Julieta.
Verona, 06 de Julio
No habíamos reservado plaza en el albergue, pero confiamos en dormir bajo techo sin problema. Dicho albergue estaba construido en una colina, o eso parecía, porque para llegar hubimos de escalar por una cuesta en la que estirando las manos se podía tocar el suelo. A Bea, como es de suponer, no le hizo gracia en exceso, y subió a una velocidad ciertamente mejorable, pero se le perdona. Que ser la mascota del grupo tiene que tener sus ventajas. Tras dialogar con el simpático recepcionista del albergue -nuestro primero de HI, cadena a la que nos aficionamos por lo que nos gustó- , guardar nuestras mochilas y poner en común que ya era hora de comer, nos faltó tiempo para saltar a la ciudad a calmar la inquietud de nuestros estómagos.
Descendimos la pronunciada cuesta, alejándonos del albergue hacia el centro de Verona, y descubrimos un hermoso parque presidido por una estatua de algún Papa benevolente, con palomas sobre los hombros y unos bancos que invitaban a pasar un rato entre la tranquilidad de los árboles, que daban un aspecto acogedor al lugar. Enfrente, un puesto de kebabs nos sirvió para hacernos con algo de comida que despachamos muy a gusto en el tranquilo parque. En aquel momento, en que fuimos conscientes que habíamos hecho no pocos kilómetros caminando aquel día, comenzó una constante que se prolongaría, con sus altibajos, durante todo el viaje. Problema al que está expuesto todo caminante: Partidos de Escocia. Es decir, un problema que se genera por los esfuerzos cortantes que el calzoncillo ejerce sobre las ingles cuando se camina mucho, campaña que el sudor nunca contribuyó a mejorar. El caso es que, en ese plácido momento, descubrimos que Escocia nos había metido su primer gol. Pero, como dicen, el partido no acaba hasta que pita el árbitro.
Sin dar mucho tiempo a la digestión de los kebabs, nos pusimos en marcha para visitar la ciudad de Verona. Ésta es una ciudad bonita, partida en dos por un hermoso río que le daba un aspecto dulce y mágico. Sí es cierto, también hay que decirlo, que es una ciudad un poco artificial, sobre todo la zona más central, en la que se pretenden recrear shakespeareanas historias de amor.
Al salir del parque, y continuar bordeando el meandro del río Adige hacia el puente más cercano, topamos con unas ruinas que estaban colocadas ligeramente en alto, a la derecha del camino. Nos acercamos, curiosos, al que en su tiempo fue un teatro romano, en el que habían colocado carteles que anunciaban un inminente concierto que Eric Clapton iba a ofrecer en Verona. «Extraño. No cabe mucha gente en este teatro», pensamos. No caímos en que podía ser en otro sitio más amplio.
Cruzamos el puente que nos conducía al casco antiguo, y pasamos la tarde paseando por las callejuelas y contemplando los atractivos que esconde la ciudad de Verona. Era un hervidero de turistas, todos con sus gorros, sus gafas y su escaso sentido de la moda. Pero, y todo hay que decirlo, nosotros estábamos entre ellos. Todos deambulaban arriba y abajo por un mercadillo interminable, en el que se vendían objetos inútiles que la gente compraba sin perder la felicidad. El caso es que, para mi gusto, aquel lugar pecaba un poco de parque temático, síntoma que se agudizaba en la Casa di Giulietta. A ésta se accedía por un pasadizo abovedado, donde los visitantes podían dejar pegadas, hasta con chicle, notas de amor e informar al interesado de que estuvieron allí. Subiendo por la casa, se podía acceder al mítico balcón, donde la gente hacía gustosamente el paripé, teatralizando algunas de las escenas de la obra de Shakespeare con su oronda señora, o con su calvo y panzón marido. Al fondo, bajo el balcón, estaba la estatua de Julieta, en bronce, cuyo pecho, que es tradicional manosear mientras se recita aquello de “Julieta, Julieta, por su amor te toco la teta”, estaba ya más reluciente que el pollo al limón.
No gastamos mucho tiempo en aquel lugar, ya que no terminó de convencer a ninguno de nosotros, pero siempre merece la pena, por lo menos, haberlo conocido. Así que seguimos caminando, y nos topamos, casi de sopetón, con el Duomo, la magnífica catedral. No era muy grande, ni había una plaza muy amplia, pero no dejaba de ser hermosa. Parecía incrustada entre las callejuelas que serpenteaban por el casco antiguo de la ciudad. Nuestra fascinación por las catedrales nos obligó a detenernos, y a contemplar la grandeza de aquella construcción.
Después de que Bea no pudiera con la tentación de pasar junto a una heladería -que, como en Italia, en ningún sitio- y hacerse con un helado, consumiendo el capricho diario que la filosofía nazarena nos permitía, decidimos ir en busca de un supermercado, lo más barato posible, y proveernos para la cena. Mortadela y pan, que sería nuestro alimento y tormento durante muchas cenas y almuerzos, pero que nos mantuvo con vida, y con el bolsillo desahogado durante todo el interraíl. Caminamos por la Via Roma, que empalmaba con la Via degli Alpini, topándonos con la Piazza Brà.
-Oye tío… ¿y esto? -Un inmenso anfiteatro romano surgió de la nada, y nos propinó un tremendo susto. Abarcaba toda la plaza, siendo, sin duda, el edificio más grande de los que habíamos contemplado aquel día. Se trataba de la Arena, la atracción principal de la ciudad de Verona, y la responsable de nuestro sonrojo al sentirnos tan ignorantes por no tener noticia de su existencia, y por no haberla visto hasta que, casi, habíamos chocado con ella. ¿Acaso andábamos mirando hacia el suelo? Por fortuna, en todo caso, alguien había levantado la cabeza en el momento adecuado, y no nos habíamos perdido aquel anticipo de coliseo.
Lo cierto es que estábamos cansados de tanto andar, y poco entrenados todavía, así que dimos un par de vueltas alrededor, unas fotos, un fallido intento de acceder al interior, y nos dirigimos, ahora sí, hacia el albergue.
Todavía acordándonos de la cuesta que nos hacía jadear -a unos más que a otros-, recogimos nuestras mochilas, que nos las habían estado guardando, y nos dispusimos a llevarlas a la habitación. No conocíamos el albergue por dentro, pero nos sorprendió gratamente. Subiendo por unas escaleras se accedía a los dormitorios. Éstos estaban formados por unas ocho literas, y un pequeño balcón al que, tras dejar la mochila sobre las camas que nos habían asignado, nos asomamos. Allí jugaban a las cartas plácidamente unos australianos, mientras otros jóvenes de distintas nacionalidades deambulaban, entrando y saliendo del dormitorio, dotando al hostal de una vida que comenzábamos a necesitar.
Pero sin duda lo mejor fue el patio trasero, un enorme jardín arbolado y frondoso, entre el que los huéspedes se perdían para, en soledad o en compañía, enfrascarse en sus lecturas, charlar amistosamente, o, simplemente, reflexionar acerca del largo día vivido. Nos sentamos los cuatro en corro, y nos hicimos nuestros bocadillos de mortadela. «Está buena», pensamos, en nuestro fuero interno, desconociendo los menús que el futuro nos depararía.
Otro susto similar al que nos llevamos cuando chocamos con la Arena nos lo llevamos cuando a alguno de nosotros se le ocurrió preguntar la hora. -¡Las ocho de la tarde! -, alguien gritó tras analizar la posición de las manecillas del reloj. Aquello era propio de anglosajones, así que, venciendo la tentación de irse a la cama a las 8:20, con el sol aún bregando con fuerza, comenzamos a hacer tiempo ahuyentando mosquitos, y planificando algunos flecos del viaje que pendían sueltos desde la mañana.
Con esto entre manos, y comentando nuestro primer día completo, alguien dejó caer aquello del capricho diario, y Mario y Nacho rápidamente bajaron la maldita cuesta y se hicieron con unas botellas de 66cl. de espumosa, que ya las querríamos nosotros en España. Y qué mejor situación para echárselas al coleto que una partida de mus en la terraza. O un intento, a lo preuniversitario, porque Bea no conocía aún dicho arte y aquello no podía sostenerse ni un día más.
Así que, desenfundamos la desencuadernada, y comenzó el baile. Manos rápidas mezclando naipes, envido por aquí, voy ciego por allá, te subo siete por donde no se esperaba, amarracos que van y vienen, uno que se lleva las manos a la cabeza y otro que enrojece cuando le ven un órdago teniendo escopeta y perro. O sota y caballo, que es lo mismo. Y he de decir que a Bea no le vino mal el curso, y que aquel verano se aficionó al deporte de los solomillos, los duplex y la real. El caso es que unas gotas comenzaron a aguarnos la fiesta, y hubimos de recoger el despliegue y cobijarnos en el albergue. Según fue arreciando, algún gracioso, dándoselas de entendido, comentó que no era más que una breve tormenta de verano. Vaya con el letrado.
El que también arreciaba por entonces era el sueño, cuando daban las 10:15 en los relojes. Y aquello se manifestó en una de las conversaciones más absurdas que yo había escuchado, en la que no nos poníamos de acuerdo en el modo de contar días. El caso es que, dándole vueltas y más vueltas al mapa, a la guía, y al horario de trenes, nos dieron las doce, y comenzamos a recogernos. Eso sí, con un itinerario medianamente definido.
Ya calientes, en el saco, escuchando la lluvia caer en aquel enorme y arbolado patio trasero, después de un pequeño malentendido en el que unos querían continuar soplando de la botella, y uno de los dueños apagaba la luz indignado exigiendo que se dejara dormir al personal, se nos venían a la cabeza la salida de Milán, la llegada al albergue de Verona, la Arena, Romeo y Julieta, y los momentos vividos junto a nuestros compañeros de peregrinaje. Y mientras los ojos se nos iban cerrando, y aquellos pensamientos de evaluación iban disipándose, caímos en la cuenta del gran partido que, aquel día, había jugado Escocia.
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Milán, 05 de Julio
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o era aquella una ciudad limpia, ni acogedora, pero entre nosotros flotaba una extraña sensación, como una euforia cansada, pero que nos hacía sonreír. El cielo despedía los últimos rayos de sol que, de entre unas nubes que humedecían el ambiente, se ocultaban, dejando la ciudad sumida en la tristeza. Mientras subíamos al autobús que nos llevaría al centro de la ciudad se me venían a la cabeza algunas imágenes de la jornada vivida. Recordaba que, tras echar un vago vistazo por las tiendas del aeropuerto madrileño, acumulamos nuestro equipaje de mano en un lugar cualquiera del suelo, y nos fuimos reclinando sobre los bultos. Progresivamente, como quién no quiere la cosa. Y acabamos tirados, como si nadie nos pudiera ver, esparciendo el equipaje por el suelo de la Terminal 4, y con él, nosotros. Al principio lo hacíamos combatiendo con un pequeño cargo de conciencia, pero, visto lo que sucedería con asiduidad durante el viaje, no eran sino imágenes premonitorias de lo que durante los próximos dieciséis días viviríamos. Podemos decir, que lo de aquel cargo de conciencia fue batalla fácil.
Durante el vuelo -recordaba recostado en mi asiento del autobús- pudimos comprobar los últimos recortes de presupuesto de la compañía aérea, sustituyendo las azafatas por ciber-asistentes de vuelo, perfectamente robotizados y capaces, por lo que pudimos comprobar, de obedecer algunas órdenes sencillas. Traer una cerveza, por ejemplo. No es mala idea, ya que no sólo se ahorran sus salarios, sino la permanente amenaza de huelga de la que disfruta todo buen empleado de compañía aérea. El caso es que aquello se nos daba un ardite, pero hicimos mofas al respecto, que fue lo importante.
Un frenazo del conductor del autobús -que no era el hombre más prudente al volante- me sacó de aquellos pensamientos entre los que andaba sumido. Habíamos llegado. «¿Llegado a dónde?», me dije yo, sacando la cabeza por la puerta para ver dónde nos habían dejado. Hubo suerte, ya que nos dejó en la Estazione Centrale, desde dónde, supuestamente, podríamos ubicarnos con relativa facilidad.
Debo confesar que la primera impresión que me llevé de la ciudad, en la plaza desde la que se embocaba a la estación de trenes, no fue en extremo agradable. Era una ciudad oscura, vacía de gente y de vida -al menos lugareña, ya que se hacinaban serbios, montenegrinos y demás calaña balcánica, desorientados como nosotros-, con las fachadas contaminadas por el humo o por algún tipo de despojo al puro estilo ¡Agua va…! Y de veras que el primer personaje que nos dio la bienvenida en esta fábula nos dejó con la boca abierta. Era una rata del tamaño de un perro, que corría ondulante con el lúgubre paisaje milanés de fondo, como huyendo de la suciedad y la oscuridad. O corriendo a sus anchas, que parece más probable. Incluso -cuenta la leyenda- en ese mismo momento, se alzó una cabeza de entre unos arbustos, en medio de los jardincillos del boulevard, que nos miraba como diciendo «dejadme descomer, que así no hay quien pueda externar el malestar estomacal». Y por su habilidad de sorprender desalojando en público en el momento oportuno, fue bautizado como El Caganer, en honor a aquel pastorcillo de Belén que en el momento álgido de la Historia de la Humanidad, el Nacimiento de Cristo, no se le ocurrió otra cosa que bajarse los pantalones, y sacarse un peso de encima. «¿Quién se va a enterar?», se preguntaría tranquilo.
Tras consultar un mapa del centro de Milán, trazamos un camino que nos pudiera llevar, ya entrada la noche, a la Via Carlo Goldoni, donde se encontraba nuestro lujoso hostal, Medusa. Sin embargo, no fue tan fácil llegar hasta ahí, quedando el dichoso Goldoni para la posteridad como un hombre oscuro, difícil de alcanzar. El caso es que dicho viaje entrañó no pocos peligros y sorpresas.
El más significativo, quizás, fue el hecho de que, después de esa travesía, nos dimos cuenta de lo rentable que podía ser abrir un taller de automóviles allí, en Italia. La precaución, y lo sabrán los que ya han estado allí, no es su lema, y cruzar un paso de cebra supone un verdadero riesgo.
Milagrosamente, llegamos. Nuestra idea de pasar la primera noche en un hostal decente se nos vino abajo cuando vimos el aspecto de mancebía que dibujaban los letreros de neón, y la entrada cochambrosa que se hallaba al final de un pequeño pasadizo perpendicular a la Via Carlo Goldoni. Sin embargo, nuestra sonrisa estaba muy lejos de desaparecer, pues a lo que habíamos venido era a eso, y no a dormir cómodos, y sin novedad. Con lo que, unos a pie, y otros por un ascensor cuya última inspección debía de tener más edad que nosotros mismos, ascendimos hasta la puerta de dicho hostal.
Tras los pertinentes papeleos con los siniestros dueños, nos dirigimos a nuestra habitación. Eran tan pulcros con la decoración que, por miedo a combinar mal, decidieron no poner nada, fuera de las cuatro camas q nos llamaban a ser ocupadas. Y, dispuestos a desenfundar el saco para enfundarnos en él y pasar a nuevo capítulo, comenzamos a notar cierta sequedad en nuestras gorjas, con lo que, dispuestos a poner en remojo dichos gaznates, comenzamos a buscar alternativas. Mario, que nunca pierde la pista de lo que puede resultar útil en momento de necesidad, nos sorprendió informándonos de la existencia de una terraza en la que parecían servir cervezas, justo a la entrada.
Lo cierto es que el viaje hasta Milán había sido cansado, y más hasta Carlo Goldoni, pero no estábamos en Italia para dormir, que para eso tenemos una eternidad, así que, poniendo a cubierto nuestros bienes de primera necesidad, descendimos hacia la cerveza. ¡Maldita sea! El elixir del que tanto hablan en novelas caballerescas debe de parecerse al trago que pagamos aquél primer día en Milán, que rejuvenece y da energías para enfrentarse a medio mes de aventuras.
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A |
l igual que las grandes búsquedas suelen constituir un viaje turbado o azaroso, también puede decirse, aunque de un modo más vaporoso, que los grandes viajes constituyen a su vez una búsqueda no menos turbadora. La diferencia radica en qué parte está definida y se persigue como objetivo que hay que perfeccionar, y qué parte viene como sorpresa adjunta o adherido impalpable. En las aventuras que narran los grandes historiadores y novelistas —que sea realidad o ficción no es sino algo accesorio, pues son conceptos vagos— en búsquedas de tesoros, arcas, princesas o griales, trasladan a sus protagonistas a lejanos, majestuosos y peligrosos parajes —siempre estos tres adjetivos definen los lugares en los que transcurren las aventuras, incluyendo el mar—. Sin embargo, cuando el fin es la propia aventura, el viaje, el objeto queda relegado a un plano más nebuloso, si cabe. Es, al fin y al cabo, lo que se acaba buscando, sea consciente o inconscientemente. O, simplemente, encontrando.
Ésta es sin duda una historia acerca de una búsqueda vagamente definida, pero presente en todos y cada uno de nosotros, no de un modo intenso sino brumoso. Una búsqueda en la que no se lucha por el hallazgo de un objetivo previamente conocido, sino que es dicho objetivo lo que se busca, que no por no ser conocido deja de estar albergado en el interior de cada uno.
Es, por tanto, un viaje en dos direcciones, en el que ambas se entrecruzan y solapan, siendo, en ocasiones y de forma afortunada, difícilmente separables.
Una aventura hacia el interior de uno mismo que se compagina con el proceso de solidificación de los lazos que unen un grupo de cuatro amigos, número escueto pero perfecto a la hora de llevar a cabo tan intrigante tarea, para sobrevivir en los lugares más inhóspitos o disfrutar de los más hospitalarios. Son los lazos que, por convenio y con razón, llaman “de la amistad”, y que alcanzan su grado máximo en el de “inseparables”.
Llámense como se llamen, el caso es que ahora nos compete ahondar en nuestro interior para hallar aquello que buscamos sin saberlo, para luego ponerlo a disposición del grupo, que en un viaje, y en éste en mayor medida, es unidad irreducible. O eso se pretende.
Esta circunstancia nos catapulta, a modo de escenario, a las entrañas de Italia, perfectamente descritas por un curioso mapa de elaboración propia, que nada tiene que envidiar a las grandes obras cartográficas de antaño; roído e impregnado de un aroma característico, que le hacía un integrante más del grupo. Como es bien sabido, no es el lugar la finalidad del viaje, sino el medio, aunque no por ello deja de ser uno de los ingredientes más sabrosos de nuestra heroica travesía. Prueba de ello es el hecho de que la decisión de ir a dicho país fue tomada después de haber decidido emprender el viaje, mostrando que el verdadero objetivo, lo que después se recuerda con mayor cariño e intensidad, y de lo que se extraen las más jugosas experiencias y aprendizajes, no es el visitar un lugar u otro, sino el simple hecho de partir con tus amigos y contigo mismo, desconociendo realmente a dónde se va, en qué circunstancias se va uno a ver envuelto, y, lo que es más temible, cómo va a ser la salud del grupo como grupo, es decir, como reaccionarán los mentados lazos de la amistad ante situaciones tan adversas como lo son la incomodidad, el hambre, la incertidumbre, la lejanía del hogar o las discrepancias.
Por ello la preparación del viaje fue tan rigurosa como la situación lo requería: bastante pobre. Es cierto que es necesario saber cuál va a ser el itinerario aproximado, tal vez no para cumplirlo, sino para tener una idea de cómo ha de ser un itinerario por Italia: qué hay que ver, qué no merece la pena visitar, y qué ciudades o lugares son más prioritarios. Sin embargo, una preparación rígida, que dicte paso por paso la travesía sin conocer cómo es aquello, que liquide uno de los mayores atractivos del viaje que es el de sentirse vulnerable y partícipe de aventuras, y que, en definitiva, pretenda contarnos el viaje antes de partir, tiene un único destino, que es el de hacer añicos todo lo que se recuerda con añoranza cuando el tiempo pasa por encima de los recuerdos más livianos.
Fue, como iba diciendo, una preparación más bien tenue: la confección del mentado mapa que indicaba escrupulosamente -si me permiten la chanza- el camino; vagas discusiones acerca de los paraderos más hermosos, de obligada foto o necesariamente descartables; un paseo por algún que otro foro, en busca de una buena idea que aún no se nos hubiera ocurrido; o una pregunta aquí y allá a personas que ya habían vivido aventuras similares que, todo sea dicho, declinaron nuestra invitación a guiarnos por Europa y a disfrutar de nuestra presencia, como aventureros, y como amigos. Que no es bellaco reproche, vive Dios, que habiéndolo ya vivido se entiende que haya que aprovechar el horizonte allí abierto y visitar otros lugares, pero sabe a menos, y lo siento, que no hayamos podido reírnos juntos, lejos de Madrid, mientras cabalgábamos sobre los raíles.
Aunque no es del todo cierto lo que digo acerca de la pobreza –aunque sea así como se ha de hacer- de la preparación, pues, aún no partiendo bajo muy rígidas directrices, sí llevamos a cabo una rigurosa, aunque inconsciente, mentalización. Que estar más sucios que limpios no es tan mala vivencia para medio mes, y si se introduce con chistes cala mucho mejor y más hondo, y –como después se pudo ver- se sufre mucho menos. Y no digo que se disfruta porque es sin duda exagerar, pero chistes y comentarios, de los que usábamos para mentalizarnos, muy lindamente lo insinuaban. Pero no solamente en términos de higiene y aseo nos mentalizábamos. También fuimos haciéndonos a la idea, a modo de ejercicio individual, de encontrarnos sin posada, ya pasada la puesta y con mala situación de cara a la noche, y pactamos en silencio no rechistar si alguien comenzaba a mirar una cuneta, o el andén de una oscura estación, con otros ojos, como si se buscase desesperadamente cobijo en ella.
En definitiva, que nos preparamos, más que nada, para todo aquello que podía pasarnos, para luego no llevarnos sorpresas desagradables o encajarlo de mal modo, evitando, en la medida de lo posible, que luego se volviera en contra del grupo que, como ya he dicho en otro sitio, es lo que hay que cuidar aquí, amén de la cartera. Y no deja de resultar curioso que para todo aquello para lo que nos preparábamos era, en buena medida, consecuencia de nuestra escasa preparación, pero que al fin y al cabo, era objetivo primordial: vivir ese tipo de cosas.
Así, armados con una mochila en la que previamente introdujimos todo aquello de lo que creímos que íbamos a hacer uso, confiando nuestra integridad a la valiosísima “Lonely Planet”, con nuestros miedos y temores dudosamente extinguidos, pero con una inmensa sed de aventura, cultura, independencia, vivencias y amistad, nos decidimos a poner rumbo hacia esas tierras para nosotros aún inciertas, pero que sin duda nos traerían grandes momentos, que se instalarán en nuestra memoria, ahí donde las cosas se pueden seguir viviendo con idéntica o mayor intensidad a medida que avanza el tiempo. Y como es tamaña ofensa el olvido, pues qué mejor que un buen refresco para la memoria, que es para lo que este pequeño, escueto y humilde libro -con todo el respeto hacia el resto de libros-, fue concebido: para poder recordar, una y mil veces, las aventuras allí vividas y relamerse con las ocurrencias o anécdotas que Italia depositó sobre cada uno de nosotros. En definitiva, impedir que la capa de polvo que tiende a colocarse sobre los rincones más recónditos de la memoria se asiente, pretendiendo arrancar una sonrisa al que, leyéndolo, vuelva a vivir esas aventuras, recuerde lo que disfrutó y con quién, o, por lo menos, pase un rato agradable, abriéndose hueco entre los recuerdos que, espero, aún no hayan sido guardados en el viejo baúl, bajo la sombra que arroja el olvido.
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Bienvenido sea, amigo lector, a su propia aventura.
Se encuentra a las puertas de una aventura especial, que deja atrás los conceptos de narrador y lector, de protagonista, de realidad y ficción, que los funde y los confunde. En estas hojas se recogerán trazos de un lance que usted ya vivió, pero que no recuerda. Es por ello por lo que, a partir de aquí, ya no es usted el lector, una persona que hace un hueco en su apretada agenda para abrirse a las aventuras que le cuentan, sino que se convierte en protagonista, y en narrador.
Ahora le dejo un pliego de hojas en blanco para que las rellene con su relato y con sus reflexiones. Como si apoyara la pluma cargada contra el papel y la dejara escribir sin pensar, haga lo mismo apoyando la mirada, dejándola descargar en estas páginas los recuerdos que ahora no recuerda. Así comprobará cómo su subconsciente las rellena de tal forma, que cuando pase esta página parecerán ya escritas.
Apriétese las botas, cíñase la mochila de viajero y rellene la cantimplora. Cuando esté listo comience a caminar por la senda que aquí empieza, y pase de página. A partir de entonces, queda con su paseo por la memoria. Aquí empieza su relato, contado por usted mismo.
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