Capítulo II
Octubre 27, 2007 por Ignacio Moncada
Milán, 06 de Julio
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l día amaneció radiante, y nosotros llenos de energía. La ausencia de Juan a su vera supuso para Mario un duro despertar, que, al son de «¿Dónde está Gor?», nos amenizó mientras esperábamos nuestro turno para refrescarnos en la ducha. Lo cierto es que nos tomamos aquella ducha como la última del interraíl. Por si acaso.
Nos dirigimos hacia la Estazione Centrale, y en aquel primer paseo comenzamos ya a fundar nuestra propia filosofía, que iríamos fortaleciendo durante todo el viaje: Los Nazarenos. Consiste, básicamente, en combatir fieramente con la tentación que el día a día nos obsequia, principalmente en lo que a caprichos gastronómicos respecta. Con un doble motivo. Porque padeciendo dicha privación se disfrutaba infinitamente más del único capricho que, diariamente, nos permitíamos -normalmente en forma de refrigerio fermentado- ; y porque, hechos los cálculos, concluimos que no llegábamos a fin de interraíl en lo que a la viruta se refiere. Esto nos obligó a comer de un modo ligeramente precario, cosa que, más adelante, comenzará a brotar con mayor asiduidad entre nuestras reivindicaciones.
El caso es que desayunamos a lo Nazareno, camino a la estación para poner en práctica nuestro plan de viaje, que consistía en visitar las ciudades seleccionadas en sentido antihorario. Y el primer destino era Como. El camino era mucho más largo de lo que nos pareció el día anterior, y, sobre todo, . Por ello, hubimos de comprarnos nuestra primera botella de agua, que, sin llegar al nivel de la cerveza de la noche pasada, nos devolvió las energías para seguir sorteando las obras que la Garra de Gallardón -que nunca se sabe a dónde puede llegar- había colocado para evitar que llegáramos a la estación.
Una vez allí, Bea encontró, después de un rato tratando de ubicarse, un folleto con los trenes y los destinos. Tras un primer vistazo a la encriptada guía, la Junta de Decisiones del Interraíl -Juan, Mario, Bea y Nacho- otorgamos la primera responsabilidad. Mario era el seleccionado para descifrar los entresijos de la complicada guía, y, día a día, el encargado de hallar combinaciones de trenes que nos llevasen a los destinos deseados. Y, he de decir, creo que acertamos eligiendo a Mario como responsable, pues nos condujo de tren en tren sin dificultad y con la precisión de un relojero.
Nos asomamos a la ventanilla de Atención al Cliente para informarnos acerca de las salidas a Como, y el simpático señor que se parapetaba tras el mostrador nos informó de que para tomar el tren a Como había que pagar un suplemento de 5€. Decidimos no coger ese tren tras la broma monetaria, a la que no estábamos dispuestos, y nos enfrascamos en la modificación de todo el plan de viajes, cuyo resultado fue el de hacer ahora el recorrido en sentido de las agujas del reloj. Y como no queríamos perdernos la bella localidad de Como, pospusimos ese asunto para más tarde. El próximo destino sería Verona.
Subimos a nuestro primer tren. Estaba distribuido por compartimentos cerrados de seis asientos cada uno. Como es normal, subimos al primero que vimos, que estaba vacío. Nos extrañó el hecho de que fuera razonablemente cómodo, pero no le dimos importancia durante mucho tiempo, pues estábamos inquietos con la novedad del primer tren. Hablábamos amistosamente, recordando lo que había sido el viaje hasta ahora, mientras el tren comenzaba a ponerse en marcha.
Irrumpió el revisor en el compartimento. Tenía cara de ser un hombre afable, cordial y ligeramente tímido. Balbució algunas palabras en su italiano natal, y nosotros, que no somos muy duchos en ese idioma, supusimos que exigía nuestros billetes. Se los entregamos, y, con una sonrisa en la cara, nos los validó, y volvió a decir algo de lo que entendimos algo así como: «…Prima clase…». -Sí, sí, ahora mismo-, contestamos nosotros, intuyendo, lo que pretendía decirnos. Nos habíamos instalado en primera clase, pero no estábamos dispuestos a abandonar la comodidad por tan módico precio, así que hicimos ademán de recoger e irnos, pero en cuanto desapareció, volvimos a dejar los bultos en su sitio, y nos recostamos en nuestros asientos de nuevo. Al segundo intento, el revisor nos lo pidió «por favor», casi de rodillas y entre sollozos, y como el pobre hombre lo estaba pasando verdaderamente mal, decidimos darle una alegría y trasladarnos uno o dos compartimentos adelante. Y así, sin más novedad que los chascarrillos a costa del desafortunado revisor, nos plantamos en Verona, la ciudad de Romeo y Julieta.
Verona, 06 de Julio
No habíamos reservado plaza en el albergue, pero confiamos en dormir bajo techo sin problema. Dicho albergue estaba construido en una colina, o eso parecía, porque para llegar hubimos de escalar por una cuesta en la que estirando las manos se podía tocar el suelo. A Bea, como es de suponer, no le hizo gracia en exceso, y subió a una velocidad ciertamente mejorable, pero se le perdona. Que ser la mascota del grupo tiene que tener sus ventajas. Tras dialogar con el simpático recepcionista del albergue -nuestro primero de HI, cadena a la que nos aficionamos por lo que nos gustó- , guardar nuestras mochilas y poner en común que ya era hora de comer, nos faltó tiempo para saltar a la ciudad a calmar la inquietud de nuestros estómagos.
Descendimos la pronunciada cuesta, alejándonos del albergue hacia el centro de Verona, y descubrimos un hermoso parque presidido por una estatua de algún Papa benevolente, con palomas sobre los hombros y unos bancos que invitaban a pasar un rato entre la tranquilidad de los árboles, que daban un aspecto acogedor al lugar. Enfrente, un puesto de kebabs nos sirvió para hacernos con algo de comida que despachamos muy a gusto en el tranquilo parque. En aquel momento, en que fuimos conscientes que habíamos hecho no pocos kilómetros caminando aquel día, comenzó una constante que se prolongaría, con sus altibajos, durante todo el viaje. Problema al que está expuesto todo caminante: Partidos de Escocia. Es decir, un problema que se genera por los esfuerzos cortantes que el calzoncillo ejerce sobre las ingles cuando se camina mucho, campaña que el sudor nunca contribuyó a mejorar. El caso es que, en ese plácido momento, descubrimos que Escocia nos había metido su primer gol. Pero, como dicen, el partido no acaba hasta que pita el árbitro.
Sin dar mucho tiempo a la digestión de los kebabs, nos pusimos en marcha para visitar la ciudad de Verona. Ésta es una ciudad bonita, partida en dos por un hermoso río que le daba un aspecto dulce y mágico. Sí es cierto, también hay que decirlo, que es una ciudad un poco artificial, sobre todo la zona más central, en la que se pretenden recrear shakespeareanas historias de amor.
Al salir del parque, y continuar bordeando el meandro del río Adige hacia el puente más cercano, topamos con unas ruinas que estaban colocadas ligeramente en alto, a la derecha del camino. Nos acercamos, curiosos, al que en su tiempo fue un teatro romano, en el que habían colocado carteles que anunciaban un inminente concierto que Eric Clapton iba a ofrecer en Verona. «Extraño. No cabe mucha gente en este teatro», pensamos. No caímos en que podía ser en otro sitio más amplio.
Cruzamos el puente que nos conducía al casco antiguo, y pasamos la tarde paseando por las callejuelas y contemplando los atractivos que esconde la ciudad de Verona. Era un hervidero de turistas, todos con sus gorros, sus gafas y su escaso sentido de la moda. Pero, y todo hay que decirlo, nosotros estábamos entre ellos. Todos deambulaban arriba y abajo por un mercadillo interminable, en el que se vendían objetos inútiles que la gente compraba sin perder la felicidad. El caso es que, para mi gusto, aquel lugar pecaba un poco de parque temático, síntoma que se agudizaba en la Casa di Giulietta. A ésta se accedía por un pasadizo abovedado, donde los visitantes podían dejar pegadas, hasta con chicle, notas de amor e informar al interesado de que estuvieron allí. Subiendo por la casa, se podía acceder al mítico balcón, donde la gente hacía gustosamente el paripé, teatralizando algunas de las escenas de la obra de Shakespeare con su oronda señora, o con su calvo y panzón marido. Al fondo, bajo el balcón, estaba la estatua de Julieta, en bronce, cuyo pecho, que es tradicional manosear mientras se recita aquello de “Julieta, Julieta, por su amor te toco la teta”, estaba ya más reluciente que el pollo al limón.
No gastamos mucho tiempo en aquel lugar, ya que no terminó de convencer a ninguno de nosotros, pero siempre merece la pena, por lo menos, haberlo conocido. Así que seguimos caminando, y nos topamos, casi de sopetón, con el Duomo, la magnífica catedral. No era muy grande, ni había una plaza muy amplia, pero no dejaba de ser hermosa. Parecía incrustada entre las callejuelas que serpenteaban por el casco antiguo de la ciudad. Nuestra fascinación por las catedrales nos obligó a detenernos, y a contemplar la grandeza de aquella construcción.
Después de que Bea no pudiera con la tentación de pasar junto a una heladería -que, como en Italia, en ningún sitio- y hacerse con un helado, consumiendo el capricho diario que la filosofía nazarena nos permitía, decidimos ir en busca de un supermercado, lo más barato posible, y proveernos para la cena. Mortadela y pan, que sería nuestro alimento y tormento durante muchas cenas y almuerzos, pero que nos mantuvo con vida, y con el bolsillo desahogado durante todo el interraíl. Caminamos por la Via Roma, que empalmaba con la Via degli Alpini, topándonos con la Piazza Brà.
-Oye tío… ¿y esto? -Un inmenso anfiteatro romano surgió de la nada, y nos propinó un tremendo susto. Abarcaba toda la plaza, siendo, sin duda, el edificio más grande de los que habíamos contemplado aquel día. Se trataba de la Arena, la atracción principal de la ciudad de Verona, y la responsable de nuestro sonrojo al sentirnos tan ignorantes por no tener noticia de su existencia, y por no haberla visto hasta que, casi, habíamos chocado con ella. ¿Acaso andábamos mirando hacia el suelo? Por fortuna, en todo caso, alguien había levantado la cabeza en el momento adecuado, y no nos habíamos perdido aquel anticipo de coliseo.
Lo cierto es que estábamos cansados de tanto andar, y poco entrenados todavía, así que dimos un par de vueltas alrededor, unas fotos, un fallido intento de acceder al interior, y nos dirigimos, ahora sí, hacia el albergue.
Todavía acordándonos de la cuesta que nos hacía jadear -a unos más que a otros-, recogimos nuestras mochilas, que nos las habían estado guardando, y nos dispusimos a llevarlas a la habitación. No conocíamos el albergue por dentro, pero nos sorprendió gratamente. Subiendo por unas escaleras se accedía a los dormitorios. Éstos estaban formados por unas ocho literas, y un pequeño balcón al que, tras dejar la mochila sobre las camas que nos habían asignado, nos asomamos. Allí jugaban a las cartas plácidamente unos australianos, mientras otros jóvenes de distintas nacionalidades deambulaban, entrando y saliendo del dormitorio, dotando al hostal de una vida que comenzábamos a necesitar.
Pero sin duda lo mejor fue el patio trasero, un enorme jardín arbolado y frondoso, entre el que los huéspedes se perdían para, en soledad o en compañía, enfrascarse en sus lecturas, charlar amistosamente, o, simplemente, reflexionar acerca del largo día vivido. Nos sentamos los cuatro en corro, y nos hicimos nuestros bocadillos de mortadela. «Está buena», pensamos, en nuestro fuero interno, desconociendo los menús que el futuro nos depararía.
Otro susto similar al que nos llevamos cuando chocamos con la Arena nos lo llevamos cuando a alguno de nosotros se le ocurrió preguntar la hora. -¡Las ocho de la tarde! -, alguien gritó tras analizar la posición de las manecillas del reloj. Aquello era propio de anglosajones, así que, venciendo la tentación de irse a la cama a las 8:20, con el sol aún bregando con fuerza, comenzamos a hacer tiempo ahuyentando mosquitos, y planificando algunos flecos del viaje que pendían sueltos desde la mañana.
Con esto entre manos, y comentando nuestro primer día completo, alguien dejó caer aquello del capricho diario, y Mario y Nacho rápidamente bajaron la maldita cuesta y se hicieron con unas botellas de 66cl. de espumosa, que ya las querríamos nosotros en España. Y qué mejor situación para echárselas al coleto que una partida de mus en la terraza. O un intento, a lo preuniversitario, porque Bea no conocía aún dicho arte y aquello no podía sostenerse ni un día más.
Así que, desenfundamos la desencuadernada, y comenzó el baile. Manos rápidas mezclando naipes, envido por aquí, voy ciego por allá, te subo siete por donde no se esperaba, amarracos que van y vienen, uno que se lleva las manos a la cabeza y otro que enrojece cuando le ven un órdago teniendo escopeta y perro. O sota y caballo, que es lo mismo. Y he de decir que a Bea no le vino mal el curso, y que aquel verano se aficionó al deporte de los solomillos, los duplex y la real. El caso es que unas gotas comenzaron a aguarnos la fiesta, y hubimos de recoger el despliegue y cobijarnos en el albergue. Según fue arreciando, algún gracioso, dándoselas de entendido, comentó que no era más que una breve tormenta de verano. Vaya con el letrado.
El que también arreciaba por entonces era el sueño, cuando daban las 10:15 en los relojes. Y aquello se manifestó en una de las conversaciones más absurdas que yo había escuchado, en la que no nos poníamos de acuerdo en el modo de contar días. El caso es que, dándole vueltas y más vueltas al mapa, a la guía, y al horario de trenes, nos dieron las doce, y comenzamos a recogernos. Eso sí, con un itinerario medianamente definido.
Ya calientes, en el saco, escuchando la lluvia caer en aquel enorme y arbolado patio trasero, después de un pequeño malentendido en el que unos querían continuar soplando de la botella, y uno de los dueños apagaba la luz indignado exigiendo que se dejara dormir al personal, se nos venían a la cabeza la salida de Milán, la llegada al albergue de Verona, la Arena, Romeo y Julieta, y los momentos vividos junto a nuestros compañeros de peregrinaje. Y mientras los ojos se nos iban cerrando, y aquellos pensamientos de evaluación iban disipándose, caímos en la cuenta del gran partido que, aquel día, había jugado Escocia.
