Milán, 05 de Julio
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o era aquella una ciudad limpia, ni acogedora, pero entre nosotros flotaba una extraña sensación, como una euforia cansada, pero que nos hacía sonreír. El cielo despedía los últimos rayos de sol que, de entre unas nubes que humedecían el ambiente, se ocultaban, dejando la ciudad sumida en la tristeza. Mientras subíamos al autobús que nos llevaría al centro de la ciudad se me venían a la cabeza algunas imágenes de la jornada vivida. Recordaba que, tras echar un vago vistazo por las tiendas del aeropuerto madrileño, acumulamos nuestro equipaje de mano en un lugar cualquiera del suelo, y nos fuimos reclinando sobre los bultos. Progresivamente, como quién no quiere la cosa. Y acabamos tirados, como si nadie nos pudiera ver, esparciendo el equipaje por el suelo de la Terminal 4, y con él, nosotros. Al principio lo hacíamos combatiendo con un pequeño cargo de conciencia, pero, visto lo que sucedería con asiduidad durante el viaje, no eran sino imágenes premonitorias de lo que durante los próximos dieciséis días viviríamos. Podemos decir, que lo de aquel cargo de conciencia fue batalla fácil.
Durante el vuelo -recordaba recostado en mi asiento del autobús- pudimos comprobar los últimos recortes de presupuesto de la compañía aérea, sustituyendo las azafatas por ciber-asistentes de vuelo, perfectamente robotizados y capaces, por lo que pudimos comprobar, de obedecer algunas órdenes sencillas. Traer una cerveza, por ejemplo. No es mala idea, ya que no sólo se ahorran sus salarios, sino la permanente amenaza de huelga de la que disfruta todo buen empleado de compañía aérea. El caso es que aquello se nos daba un ardite, pero hicimos mofas al respecto, que fue lo importante.
Un frenazo del conductor del autobús -que no era el hombre más prudente al volante- me sacó de aquellos pensamientos entre los que andaba sumido. Habíamos llegado. «¿Llegado a dónde?», me dije yo, sacando la cabeza por la puerta para ver dónde nos habían dejado. Hubo suerte, ya que nos dejó en la Estazione Centrale, desde dónde, supuestamente, podríamos ubicarnos con relativa facilidad.
Debo confesar que la primera impresión que me llevé de la ciudad, en la plaza desde la que se embocaba a la estación de trenes, no fue en extremo agradable. Era una ciudad oscura, vacía de gente y de vida -al menos lugareña, ya que se hacinaban serbios, montenegrinos y demás calaña balcánica, desorientados como nosotros-, con las fachadas contaminadas por el humo o por algún tipo de despojo al puro estilo ¡Agua va…! Y de veras que el primer personaje que nos dio la bienvenida en esta fábula nos dejó con la boca abierta. Era una rata del tamaño de un perro, que corría ondulante con el lúgubre paisaje milanés de fondo, como huyendo de la suciedad y la oscuridad. O corriendo a sus anchas, que parece más probable. Incluso -cuenta la leyenda- en ese mismo momento, se alzó una cabeza de entre unos arbustos, en medio de los jardincillos del boulevard, que nos miraba como diciendo «dejadme descomer, que así no hay quien pueda externar el malestar estomacal». Y por su habilidad de sorprender desalojando en público en el momento oportuno, fue bautizado como El Caganer, en honor a aquel pastorcillo de Belén que en el momento álgido de la Historia de la Humanidad, el Nacimiento de Cristo, no se le ocurrió otra cosa que bajarse los pantalones, y sacarse un peso de encima. «¿Quién se va a enterar?», se preguntaría tranquilo.
Tras consultar un mapa del centro de Milán, trazamos un camino que nos pudiera llevar, ya entrada la noche, a la Via Carlo Goldoni, donde se encontraba nuestro lujoso hostal, Medusa. Sin embargo, no fue tan fácil llegar hasta ahí, quedando el dichoso Goldoni para la posteridad como un hombre oscuro, difícil de alcanzar. El caso es que dicho viaje entrañó no pocos peligros y sorpresas.
El más significativo, quizás, fue el hecho de que, después de esa travesía, nos dimos cuenta de lo rentable que podía ser abrir un taller de automóviles allí, en Italia. La precaución, y lo sabrán los que ya han estado allí, no es su lema, y cruzar un paso de cebra supone un verdadero riesgo.
Milagrosamente, llegamos. Nuestra idea de pasar la primera noche en un hostal decente se nos vino abajo cuando vimos el aspecto de mancebía que dibujaban los letreros de neón, y la entrada cochambrosa que se hallaba al final de un pequeño pasadizo perpendicular a la Via Carlo Goldoni. Sin embargo, nuestra sonrisa estaba muy lejos de desaparecer, pues a lo que habíamos venido era a eso, y no a dormir cómodos, y sin novedad. Con lo que, unos a pie, y otros por un ascensor cuya última inspección debía de tener más edad que nosotros mismos, ascendimos hasta la puerta de dicho hostal.
Tras los pertinentes papeleos con los siniestros dueños, nos dirigimos a nuestra habitación. Eran tan pulcros con la decoración que, por miedo a combinar mal, decidieron no poner nada, fuera de las cuatro camas q nos llamaban a ser ocupadas. Y, dispuestos a desenfundar el saco para enfundarnos en él y pasar a nuevo capítulo, comenzamos a notar cierta sequedad en nuestras gorjas, con lo que, dispuestos a poner en remojo dichos gaznates, comenzamos a buscar alternativas. Mario, que nunca pierde la pista de lo que puede resultar útil en momento de necesidad, nos sorprendió informándonos de la existencia de una terraza en la que parecían servir cervezas, justo a la entrada.
Lo cierto es que el viaje hasta Milán había sido cansado, y más hasta Carlo Goldoni, pero no estábamos en Italia para dormir, que para eso tenemos una eternidad, así que, poniendo a cubierto nuestros bienes de primera necesidad, descendimos hacia la cerveza. ¡Maldita sea! El elixir del que tanto hablan en novelas caballerescas debe de parecerse al trago que pagamos aquél primer día en Milán, que rejuvenece y da energías para enfrentarse a medio mes de aventuras.