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l igual que las grandes búsquedas suelen constituir un viaje turbado o azaroso, también puede decirse, aunque de un modo más vaporoso, que los grandes viajes constituyen a su vez una búsqueda no menos turbadora. La diferencia radica en qué parte está definida y se persigue como objetivo que hay que perfeccionar, y qué parte viene como sorpresa adjunta o adherido impalpable. En las aventuras que narran los grandes historiadores y novelistas —que sea realidad o ficción no es sino algo accesorio, pues son conceptos vagos— en búsquedas de tesoros, arcas, princesas o griales, trasladan a sus protagonistas a lejanos, majestuosos y peligrosos parajes —siempre estos tres adjetivos definen los lugares en los que transcurren las aventuras, incluyendo el mar—. Sin embargo, cuando el fin es la propia aventura, el viaje, el objeto queda relegado a un plano más nebuloso, si cabe. Es, al fin y al cabo, lo que se acaba buscando, sea consciente o inconscientemente. O, simplemente, encontrando.
Ésta es sin duda una historia acerca de una búsqueda vagamente definida, pero presente en todos y cada uno de nosotros, no de un modo intenso sino brumoso. Una búsqueda en la que no se lucha por el hallazgo de un objetivo previamente conocido, sino que es dicho objetivo lo que se busca, que no por no ser conocido deja de estar albergado en el interior de cada uno.
Es, por tanto, un viaje en dos direcciones, en el que ambas se entrecruzan y solapan, siendo, en ocasiones y de forma afortunada, difícilmente separables.
Una aventura hacia el interior de uno mismo que se compagina con el proceso de solidificación de los lazos que unen un grupo de cuatro amigos, número escueto pero perfecto a la hora de llevar a cabo tan intrigante tarea, para sobrevivir en los lugares más inhóspitos o disfrutar de los más hospitalarios. Son los lazos que, por convenio y con razón, llaman “de la amistad”, y que alcanzan su grado máximo en el de “inseparables”.
Llámense como se llamen, el caso es que ahora nos compete ahondar en nuestro interior para hallar aquello que buscamos sin saberlo, para luego ponerlo a disposición del grupo, que en un viaje, y en éste en mayor medida, es unidad irreducible. O eso se pretende.
Esta circunstancia nos catapulta, a modo de escenario, a las entrañas de Italia, perfectamente descritas por un curioso mapa de elaboración propia, que nada tiene que envidiar a las grandes obras cartográficas de antaño; roído e impregnado de un aroma característico, que le hacía un integrante más del grupo. Como es bien sabido, no es el lugar la finalidad del viaje, sino el medio, aunque no por ello deja de ser uno de los ingredientes más sabrosos de nuestra heroica travesía. Prueba de ello es el hecho de que la decisión de ir a dicho país fue tomada después de haber decidido emprender el viaje, mostrando que el verdadero objetivo, lo que después se recuerda con mayor cariño e intensidad, y de lo que se extraen las más jugosas experiencias y aprendizajes, no es el visitar un lugar u otro, sino el simple hecho de partir con tus amigos y contigo mismo, desconociendo realmente a dónde se va, en qué circunstancias se va uno a ver envuelto, y, lo que es más temible, cómo va a ser la salud del grupo como grupo, es decir, como reaccionarán los mentados lazos de la amistad ante situaciones tan adversas como lo son la incomodidad, el hambre, la incertidumbre, la lejanía del hogar o las discrepancias.
Por ello la preparación del viaje fue tan rigurosa como la situación lo requería: bastante pobre. Es cierto que es necesario saber cuál va a ser el itinerario aproximado, tal vez no para cumplirlo, sino para tener una idea de cómo ha de ser un itinerario por Italia: qué hay que ver, qué no merece la pena visitar, y qué ciudades o lugares son más prioritarios. Sin embargo, una preparación rígida, que dicte paso por paso la travesía sin conocer cómo es aquello, que liquide uno de los mayores atractivos del viaje que es el de sentirse vulnerable y partícipe de aventuras, y que, en definitiva, pretenda contarnos el viaje antes de partir, tiene un único destino, que es el de hacer añicos todo lo que se recuerda con añoranza cuando el tiempo pasa por encima de los recuerdos más livianos.
Fue, como iba diciendo, una preparación más bien tenue: la confección del mentado mapa que indicaba escrupulosamente -si me permiten la chanza- el camino; vagas discusiones acerca de los paraderos más hermosos, de obligada foto o necesariamente descartables; un paseo por algún que otro foro, en busca de una buena idea que aún no se nos hubiera ocurrido; o una pregunta aquí y allá a personas que ya habían vivido aventuras similares que, todo sea dicho, declinaron nuestra invitación a guiarnos por Europa y a disfrutar de nuestra presencia, como aventureros, y como amigos. Que no es bellaco reproche, vive Dios, que habiéndolo ya vivido se entiende que haya que aprovechar el horizonte allí abierto y visitar otros lugares, pero sabe a menos, y lo siento, que no hayamos podido reírnos juntos, lejos de Madrid, mientras cabalgábamos sobre los raíles.
Aunque no es del todo cierto lo que digo acerca de la pobreza –aunque sea así como se ha de hacer- de la preparación, pues, aún no partiendo bajo muy rígidas directrices, sí llevamos a cabo una rigurosa, aunque inconsciente, mentalización. Que estar más sucios que limpios no es tan mala vivencia para medio mes, y si se introduce con chistes cala mucho mejor y más hondo, y –como después se pudo ver- se sufre mucho menos. Y no digo que se disfruta porque es sin duda exagerar, pero chistes y comentarios, de los que usábamos para mentalizarnos, muy lindamente lo insinuaban. Pero no solamente en términos de higiene y aseo nos mentalizábamos. También fuimos haciéndonos a la idea, a modo de ejercicio individual, de encontrarnos sin posada, ya pasada la puesta y con mala situación de cara a la noche, y pactamos en silencio no rechistar si alguien comenzaba a mirar una cuneta, o el andén de una oscura estación, con otros ojos, como si se buscase desesperadamente cobijo en ella.
En definitiva, que nos preparamos, más que nada, para todo aquello que podía pasarnos, para luego no llevarnos sorpresas desagradables o encajarlo de mal modo, evitando, en la medida de lo posible, que luego se volviera en contra del grupo que, como ya he dicho en otro sitio, es lo que hay que cuidar aquí, amén de la cartera. Y no deja de resultar curioso que para todo aquello para lo que nos preparábamos era, en buena medida, consecuencia de nuestra escasa preparación, pero que al fin y al cabo, era objetivo primordial: vivir ese tipo de cosas.
Así, armados con una mochila en la que previamente introdujimos todo aquello de lo que creímos que íbamos a hacer uso, confiando nuestra integridad a la valiosísima “Lonely Planet”, con nuestros miedos y temores dudosamente extinguidos, pero con una inmensa sed de aventura, cultura, independencia, vivencias y amistad, nos decidimos a poner rumbo hacia esas tierras para nosotros aún inciertas, pero que sin duda nos traerían grandes momentos, que se instalarán en nuestra memoria, ahí donde las cosas se pueden seguir viviendo con idéntica o mayor intensidad a medida que avanza el tiempo. Y como es tamaña ofensa el olvido, pues qué mejor que un buen refresco para la memoria, que es para lo que este pequeño, escueto y humilde libro -con todo el respeto hacia el resto de libros-, fue concebido: para poder recordar, una y mil veces, las aventuras allí vividas y relamerse con las ocurrencias o anécdotas que Italia depositó sobre cada uno de nosotros. En definitiva, impedir que la capa de polvo que tiende a colocarse sobre los rincones más recónditos de la memoria se asiente, pretendiendo arrancar una sonrisa al que, leyéndolo, vuelva a vivir esas aventuras, recuerde lo que disfrutó y con quién, o, por lo menos, pase un rato agradable, abriéndose hueco entre los recuerdos que, espero, aún no hayan sido guardados en el viejo baúl, bajo la sombra que arroja el olvido.